Domingo Marzo 22, 2026
Queridos hermanos y hermanas,
Marta amaba profundamente a Jesús, pero en su dolor le costaba comprender su amor. Sus palabras: «Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto», revelaban un corazón dividido entre la fe y la decepción. Confiaba en su amor y poder, pero le costaba comprender ni su silencio al enterarse de la enfermedad de Lázaro ni su ausencia cuando su hermano falleció. Superando sus expectativas, su amor le parecía distante en su momento de mayor tristeza. Además, Marta profesaba su fe en la resurrección: «Sé que resucitará en el úl-timo día»; sin embargo, su fe parecía limitada a un futuro lejano. Creía que Jesús tenía autoridad, pero quizás no aquí y ahora, no durante su pérdida inmediata. Aún no comprendía del todo que Jesús, quien estaba ante ella, no era solo un maestro o profeta, sino también la Resurrección y la Vida.
Jesús no la reprendió. En cambio, con paciencia y compasión, la guió suavemente hacia una fe más profunda. A través de sus palabras, sus lágrimas y, finalmente, mediante la resurrección de Lázaro, reveló su identidad divina y su misión salvadora. Permitió que Marta expresara su confusión para corregirla con amor. Le permit-ió sufrir para que su fe se purificara y fortaleciera. Le permitió experimentar la pérdida para que presenciara una gloria mayor. Al resucitar a Lázaro, Jesús demostró que tiene autoridad no solo sobre la enfermedad, sino sobre la vida y la muerte misma.
Al reflexionar sobre el camino de Marta, se nos invita a examinar nuestra propia fe: ¿Confiamos en el tiempo perfecto de Dios, incluso cuando no coincide con nuestras expectativas? ¿Creemos en la compasión de Cristo y en el poder transformador de su resurrección, no solo al final de los tiempos, sino en las luchas del presente? ¿Permanecemos fieles no solo cuando somos fuertes, sino también cuando somos débiles; no solo cuando es-tamos alegres, sino también cuando estamos tristes; no solo en el éxito, sino también en el fracaso; no solo en la salud, sino también en la enfermedad?
Entonces, recordemos que es a través de nuestras limitaciones que llegamos a conocer a Dios más profunda-mente. El dolor nos recuerda que Dios es nuestro Sanador. La debilidad revela que Él es nuestra fortaleza. La tristeza nos lleva a buscarlo como nuestro Consolador. El pecado abre nuestros corazones a Él como nuestro Perdonador. La pérdida nos dirige hacia Él como nuestro Salvador. Incluso la muerte nos conduce a Él como la Resurrección y la Vida.
Como Marta, estamos llamados a pasar de la confusión a la fe firme, de la duda a la confianza. Y con ella, po-demos proclamar con convicción: «Sí, Señor. He llegado a creer que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que ha de venir al mundo».
¡Sinceramente suyo en Jesucristo y Nuestra Señora de La Vang!
Reverendo Kiet Anh Ta.
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