Domingo Marzo 15, 2026
Queridos hermanos y hermanas,
Juan 9:1-41 no es solo la historia de un hombre sanado de ceguera física, sino también una poderosa revelación de la ceguera espiritual de los fariseos, cuyo orgullo y corazón endurecido les impedían reconocer la verdad. Por un lado, el hombre ciego de nacimiento no perdió la fe ni culpó a Dios a pesar de las dificultades que soportó. En su búsqueda del verdadero significado y la esperanza, se encontró con Jesús y recibió mucho más que la vista restaurada. Con humildad y confianza, permitió que Jesús le abriera no solo los ojos a la belleza del mundo, sino también el corazón a la luz de la salvación. Poco a poco, su fe se profundizó. Pasó de simplemente llamar a Jesús "el hombre", a reconocerlo como pro-feta y, finalmente, a adorarlo como el Hijo del Hombre.
Mientras permanecía en la fe, caminaba con esperanza y se mantenía firme en la verdad, se convirtió en un verdadero creyente y un testigo valiente que veía no solo con los ojos, sino con el corazón. Por otro lado, confiados en su conoci-miento de la Ley y su autoridad dentro de la comunidad, los fariseos se negaron a aceptar el testimonio del hombre sanado. Cegados por el orgullo y el miedo a perder el control, desestimaron el milagro, rechazaron la verdad y lo expul-saron. Negaron el ministerio compasivo y la identidad divina de Jesús, quien vino a traer luz a quienes estaban en tini-eblas. Finalmente, los fariseos permitieron que su ceguera espiritual les impidiera abrazar la misericordia de Dios.
Este profundo Evangelio nos invita a examinar nuestra propia visión y ceguera, tanto física como espiritual. Primero, debemos recordar que el sufrimiento, incluyendo las limitaciones físicas, no es necesariamente un castigo de Dios. Más bien, puede convertirse en una oportunidad para que la gloria de Dios se revele, un camino de crecimiento en la fe y un testimonio nacido de nuestra respuesta libre y fiel. Como el ciego de nacimiento, estamos llamados a confiar en que Di-os puede sacarnos de la oscuridad, a entregarnos en la fe, a permanecer firmes en la verdad y a avanzar con esperanza. Segundo, debemos preocuparnos aún más por nuestra visión espiritual que por la física. En un mundo a menudo marca-do por la confusión, el compromiso moral y el aislamiento, es fácil perder la claridad. Por lo tanto, debemos pedir con-tinuamente a Dios que llene nuestra mente de sabiduría, nuestro corazón de amor y nuestra vida de misericordia, para que podamos resistir la tentación, evitar las influencias dañinas y elegir lo correcto. Finalmente, estamos invitados siem-pre a buscar, aprender de y seguir a Jesús, la Luz que brilla en la oscuridad más profunda. No importa cuánto lo cues-tionen o lo rechacen otros, nos aferramos a Él con fe. Como el ciego de nacimiento, que la gracia de Dios, especialmen-te en sus sacramentos, fortalezca siempre nuestra alma y nos ayude a reconocer a Jesús no solo como sanador, sino co-mo nuestro Señor y Salvador. Que siempre lo veamos con los ojos de la fe y experimentemos su gracia transformadora cada día de nuestra vida.
¡Sinceramente suyo en Jesucristo y Nuestra Señora de La Vang!
Reverendo Kiet Anh Ta.
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