Domingo Septiembre 6, 2026
Queridos hermanos y hermanas,
Para comprender plena y eficazmente el Evangelio de este fin de semana, debemos reflexionar primero sobre dos principios importantes presentes en la primera y la segunda lectura. El primero es el don del libre albedrío y nuestra responsabilidad personal ante Dios. Debemos recordar que cada decisión que tomamos, cada acción que emprendemos y cada camino que elegimos es, en última instancia, nuestro. Otros pueden guiarnos, ense-ñarnos, animarnos y apoyarnos, pero solo nosotros podemos optar por aceptar sus consejos, acoger la verdad que comparten y ponerla en práctica en nuestra vida cotidiana.
La primera lectura ilustra este principio a través del profeta Ezequiel y la casa de Israel. Dios nombró a Ezequiel como centinela espiritual y le confió la misión de llamar a su pueblo a apartarse del pecado, volver a Dios, escuchar su palabra y experimentar una auténtica conversión del corazón. Ezequiel debía transmitir el mensaje de Dios con claridad, fidelidad y valentía. Sin embargo, no podía obligar a nadie a arrepentirse ni a obedecer; más bien, el propio pueblo de Israel debía decidir si aceptaba el mensaje y vivía conforme a él. La verdadera conversión no podía imponerse mediante presiones o influencias externas, sino que debía surgir de un corazón dispuesto y de una respuesta libre a la gracia de Dios.
En la segunda lectura, San Pablo destacó el segundo principio: la virtud del amor en todos los aspectos de la vida humana. Recordó a los romanos que, al provenir de Dios y cumplir todos sus mandamientos, el amor de-be inspirar cada intención, guiar cada decisión y dar forma a cada palabra y acción. Este se manifiesta a través del desinterés, la paciencia, el perdón y el apoyo mutuo. Constituye el fundamento de toda familia feliz, de toda comunidad unida y de toda organización fiel.
Estos dos principios nos ayudan a comprender la enseñanza de Jesús en el Evangelio de este fin de semana. La corrección fraterna nunca tiene como fin condenar, humillar o buscar venganza. Por el contrario, su propósito es ayudar a quienes se han desviado a reconocer sus errores, arrepentirse, recibir el perdón, restaurar las rela-ciones rotas y fortalecer la unidad de la comunidad. Cada paso de este proceso debe estar guiado por el amor, con el deseo sincero de lograr la conversión del corazón. Sobre todo, refleja la presencia de Dios siempre que sus hijos se reúnen libremente en su nombre y se esfuerzan por amarse unos a otros tal como Él ha mandado.
¡Sinceramente suyo en Jesucristo y Nuestra Señora de La Vang!
Reverendo Kiet Anh Ta.
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